Por: David Miliband – Time.com
El debate sobre cómo controlar la inteligencia artificial (IA) y limitar su potencial para causar daños es saludable y necesario. También es inevitable y urgente.
Pero este no es el único debate fundamental. También hay preguntas esenciales sobre cómo distribuir equitativamente los beneficios de la IA. Hasta ahora, las prácticas habituales han dejado atrás a las personas más pobres del mundo. Y para quienes viven en medio de conflictos, en lugares como Sudán, Ucrania, Gaza y Afganistán, la IA puede ayudar a atender necesidades urgentes.
Para mí, está claro que el mundo dispone de más recursos para hacer el bien que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Sin embargo, con demasiada frecuencia, no los distribuimos allí donde más se necesitan. Ahora, la IA tiene el potencial de generar aún más recursos en forma de tiempo libre, conocimiento y fondos. Y estos deben destinarse a los lugares adecuados.
La revolución de la IA va a crear una nueva generación de multimillonarios y millonarios y, junto con ellos, una nueva generación de filántropos. El término filantropía proviene de la palabra griega antigua philanthropia, que significa «amor por la humanidad». Es un recordatorio de que el acto de dar comienza con algunos de los impulsos más profundamente humanos: el cuidado, el amor, la empatía y el altruismo.
Quizás esto explique por qué el altruismo eficaz —la idea de que la generosidad debe someterse a la evidencia y al cálculo— parecía contrario a la intuición. Pero nunca entendí por qué. Después de todo, ¿quién quiere practicar un altruismo ineficaz? Todos deberíamos preguntarnos dónde puede generar nuestro dinero el mayor beneficio posible.
Las organizaciones que trabajan en la primera línea de los problemas más difíciles del mundo, como aquella que dirijo, necesitan que la filantropía represente una inversión inteligente: con los pies en la tierra y el corazón abierto, enfocada en los resultados y no en la visibilidad, y comprometida con aportar valor, no solo reconocimiento.
Los resultados, y no únicamente la responsabilidad, deberían ser la consigna.
Afortunadamente, en los últimos 20 años se ha producido una revolución de la evidencia. Hoy sabemos mucho más sobre lo que realmente funciona. Esto facilita enormemente las donaciones. La distancia ya no tiene por qué ser enemiga de la confianza.
De hecho, hay muchas razones para pensar a escala global, y no solo local, cuando se trata de decidir dónde generar un cambio. A medida que el mundo se ha vuelto cada vez más interconectado, los gobiernos se han retirado de la atención de los problemas globales. Por ejemplo, los fondos oficiales de asistencia para el desarrollo de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) cayeron un histórico 23,1 % en 2025. Ahora necesitamos una nueva filantropía que ayude a restablecer cierto equilibrio en un mundo que claramente está desequilibrado.
Alrededor del 94 % de la filantropía estadounidense se destina a Estados Unidos. Sin embargo, el resto del mundo no solo concentra las mayores necesidades —desde la desnutrición aguda infantil hasta la violencia contra las mujeres—, sino que también es el lugar donde la filantropía puede generar los mayores beneficios.
Los 20 países con mayor riesgo de sufrir un agravamiento de sus crisis humanitarias, clasificados anualmente por el Comité Internacional de Rescate (IRC, por sus siglas en inglés) en nuestra Lista de Vigilancia de Emergencias, representan apenas el 12 % de la población mundial, pero concentran el 90 % de las personas que necesitan asistencia humanitaria. En estos territorios, entre los que destacan Sudán, Gaza y Sudán del Sur, los niños tienen tres veces más probabilidades de morir antes de cumplir cinco años y diez veces más probabilidades de crecer en condiciones de pobreza extrema que aquellos nacidos en otras partes del mundo.
Las personas que viven en estos lugares han contribuido menos que otras al cambio climático, pero soportan las presiones combinadas de este fenómeno y los conflictos, al tiempo que reciben menos apoyo para adaptarse.
Si hay lugares donde la filantropía y su «amor por la humanidad» deben estar presentes, son precisamente estos. Y, justo a tiempo, los trabajadores humanitarios han desarrollado herramientas cada vez más sofisticadas para transformar nuestro conocimiento sobre cómo ayudar a las personas a sobrevivir a las crisis y recuperarse de ellas.
Los datos en tiempo real, los ensayos controlados aleatorizados, los análisis de costo-efectividad y eficiencia, así como los modelos de análisis predictivo, han transformado tanto la base de evidencia como los fundamentos para actuar.
Solo el IRC ha realizado más de 50 evaluaciones de impacto desde 2020, además de 500 análisis de costos. Esto nos permite medir no solo si una intervención funciona, sino también cuánto cuesta y hasta dónde puede llegar cada dólar adicional invertido.
Por eso, no debemos dejarnos intimidar por las grandes cifras que representan a los 43 millones de niños que sufren desnutrición aguda, los 20 millones que no cuentan con un esquema completo de vacunación, los más de 300 millones de personas que padecen hambre y los cientos de miles de mujeres que mueren durante el parto únicamente en Estados frágiles.
Estos son problemas que, de hecho, sabemos cómo resolver a un costo manejable; incluso, bajo.
Por ejemplo, hemos aprendido a administrar vacunas —40 millones de dosis— por tan solo 2 dólares cada una en lugares como Somalia, Sudán del Sur y Yemen. Para lograrlo, hemos negociado con grupos armados y conseguido acceso a poblaciones que, de otro modo, estarían aisladas de los servicios de salud.
Esto ofrece beneficios para toda la vida, no solo un alivio temporal.
También hemos demostrado que los trabajadores de salud locales pueden diagnosticar y tratar de manera más sencilla la desnutrición aguda directamente en las comunidades donde viven los niños afectados por las crisis. Este enfoque alcanza una tasa de recuperación del 92 %, y las intervenciones tempranas permiten detectar la desnutrición antes de que se vuelva grave.
El resultado es que somos un 20 % más eficientes en términos de costos, lo que nos permite ayudar a más niños con la misma cantidad de dinero.
Hay más ejemplos. Hemos demostrado que la violencia contra las mujeres y la violencia contra los niños pueden reducirse en más de un 70 % cuando se abordan de manera conjunta.
También hemos comprobado los beneficios de proporcionar ayuda antes de que ocurran los desastres climáticos, en lugar de actuar únicamente como respuesta a ellos. En Afganistán, nuestros beneficiarios tuvieron tres veces menos probabilidades de caer aún más en la pobreza.
Por supuesto, los contextos afectados por la guerra y el colapso de las instituciones estatales son complejos. Pero eso hace que el imperativo filantrópico de ayudar a las personas que viven allí sea aún más urgente.
La misma tecnología que está generando fortunas en Silicon Valley también puede llevar ayuda a quienes menos tienen.
La plataforma global de asistencia digital del IRC, Signpost, ha llegado a 20 millones de personas obligadas a huir de situaciones de crisis, ofreciéndoles información oportuna y vital en 12 idiomas. Empresas tecnológicas líderes nos ayudaron a desarrollarla.
En Somalia, los equipos del IRC pusieron en marcha acciones anticipadas frente a la devastadora sequía del año pasado, un desastre que normalmente provoca brotes de cólera. Una vez más, esto fue posible gracias a una alianza que combinó apoyo financiero, conocimientos técnicos y experiencia en el trabajo de las organizaciones no gubernamentales.
En todos estos ámbitos, el sistema tradicional de ayuda está quedándose corto. Con demasiada frecuencia, los sistemas climáticos y humanitarios funcionan por separado, como compartimentos aislados. A pesar de la evidencia, menos del 1 % de la ayuda se invierte en acciones anticipadas.
Cada gobierno donante tiene su propia burocracia, con diferentes sistemas de presentación de informes, requisitos de cumplimiento y métricas de medición.
Este es precisamente el problema que la filantropía puede ayudar a superar: concentrándose en lo que funciona, midiendo lo que importa e invirtiendo en innovación.
El riesgo no está en actuar, sino en permanecer inmóviles.
Hoy sabemos más que nunca sobre lo que funciona durante las crisis humanitarias y contamos con nuevas herramientas capaces de ampliar esos avances. La oportunidad para esta generación de filántropos no consiste simplemente en donar más, sino en aprovechar lo que hemos aprendido y aplicarlo allí donde hay más en juego.
La verdadera prueba no es cuánto dinero donan, sino dónde lo hacen.
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