Por: Camila Rey
Hay publicaciones en LinkedIn que duran un día. Otras que generan conversación. Y algunas pocas que logran algo mucho más difícil: ponerle nombre a un error estructural que muchos intuían, pero nadie había explicado con claridad.
Eso ocurrió con el post que comenzó a circular sobre la campaña de Paloma Valencia y su supuesto error al construir el buyer persona equivocado.
Más allá de la política y ahí está precisamente lo interesante el texto funciona como una radiografía perfecta de cómo las campañas modernas siguen confundiendo datos con realidad emocional. La publicación plantea una idea poderosa: la campaña de Paloma Valencia construyó su estrategia pensando en un votante de centro ilustrado, racional y moderado que, en la práctica, no existe en cantidades suficientes para ganar una elección en Colombia.
Y aunque el análisis pueda parecer duro, toca un punto profundamente cierto sobre el marketing contemporáneo: muchas marcas, líderes y campañas terminan hablándole a la gente que admiran, no a la gente que realmente decide.
Ese es el gran valor del post. No habla solamente de política. Habla de desconexión cultural. Durante años, el marketing enseñó que entender al consumidor era una cuestión demográfica: edad, ciudad, nivel educativo o ingresos.
Pero hoy las decisiones especialmente las políticas no se toman desde la razón. Se toman desde el miedo, el cansancio, la frustración o la necesidad de sentirse protegido. El post menciona a “Juan y a Ana” con diferencias abismales de las conclusiones para votar y sus importancias de acuerdo a las necesidades.
La tesis es contundente: la campaña le habló a Juan mientras el país estaba lleno de Anas. Eso explica por qué el mensaje no conectó emocionalmente. Porque el elector colombiano actual no necesariamente está buscando sofisticación ideológica. Está buscando respuestas simples a problemas complejos. Quiere soluciones visibles, autoridad y sensación de control.
En ese contexto, la moderación puede verse elegante en LinkedIn, en medios o en círculos académicos, pero no necesariamente moviliza votos.
Y aquí aparece algo todavía más interesante: el post desnuda uno de los sesgos más comunes del marketing político y corporativo actual. Las estrategias suelen construirse desde burbujas.
Bogotá habla para Bogotá.
Twitter habla para Twitter.
LinkedIn habla para LinkedIn.
Pero el país real muchas veces está ocurriendo en otro lado. Ese probablemente fue el error conceptual que señala la publicación: “asumir que el votante colombiano promedio prioriza el equilibrio discursivo cuando, en realidad, hoy prioriza la supervivencia emocional y económica.”
La frase más potente del texto quizás es esta: “El centrista busca síntesis. El independiente busca soluciones.”
Porque resume una transformación enorme del consumidor moderno: ya no premia necesariamente al más intelectual, sino al que interpreta mejor su angustia.
Y eso aplica tanto para campañas presidenciales como para marcas.
Las empresas que hoy fracasan en comunicación suelen cometer exactamente el mismo error:
hablan desde lo aspiracional cuando la gente está viviendo desde la ansiedad.
Por eso el post conectó tanto en LinkedIn.
No por Paloma Valencia.
No por la polarización.
No por la coyuntura electoral.
Sino porque puso sobre la mesa una verdad incómoda para cualquier estratega de marketing: equivocarse en el buyer persona no es un error táctico.
Es un error que contamina absolutamente todo lo demás.
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