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Salud del suelo en Colombia: por qué proteger la tierra es clave para una mejor alimentación

En el marco de los días mundiales del Medio Ambiente y la Inocuidad Alimentaria, el proyecto Suelos  para la Nutrición recuerda que la salud de las personas empieza mucho antes de que los alimentos  lleguen a la mesa: comienza en los suelos donde se producen.

Bogotá, 5 de junio de 2026._ La relación entre el clima, los suelos y la salud humana puede parecer un debate  netamente científico hasta que llega al plato. Está en el arroz del almuerzo, la papa de la sopa, la yuca de la  plaza, las frutas de la lonchera, el café de la mañana o las verduras que una familia lava antes de preparar la  comida. En cada uno de esos alimentos se reflejan, aunque no siempre se vean, los efectos de las  temperaturas extremas, las sequías, las lluvias torrenciales y la degradación de los suelos.

La llegada de junio, con la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente y del Día Mundial de la  Inocuidad de los Alimentos, abre una conversación urgente para Colombia al poner en la mesa que la acción  climática, la producción de alimentos nutritivos y la inocuidad alimentaria tienen un punto de partida común:  el suelo.

Cuando el clima se desborda, los suelos —recurso del que depende la producción del 95 % de los alimentos  que consume la humanidad, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la  Agricultura (FAO)— son los primeros afectados. Una temporada seca prolongada puede agrietar los campos  y reducir la vida microscópica que hace fértil la tierra. Una lluvia intensa puede lavar la capa superficial del  terreno, arrastrando minerales y materia orgánica. El resultado se siente después en la finca, en los precios,  en la variedad disponible de alimentos y en la calidad de estos.

Cuando el clima ahoga y seca la vida bajo nuestros pies

Es común pensar en el suelo solo como simple tierra donde se sostienen las raíces de las plantas, pero en  realidad es un ecosistema vivo. Se trata de un tejido lleno de microorganismos, lombrices, hongos, raíces,  minerales y materia orgánica que trabajan en equipo para sostener la fertilidad. Ese equilibrio permite que el  agua se infiltre, que los nutrientes circulen y que las plantas crezcan con mejores condiciones.

Las largas temporadas de calor y sequía evaporan la humedad y matan la vida microscópica. Por el otro lado,  cuando llueve mucho, el agua arrastra y lava la capa más fértil del terreno, llevándose consigo los minerales  esenciales que las plantas necesitan para crecer fuertes.

Carolina Olivera, consultora en gestión sostenible del suelo de la FAO, dimensiona esta crisis estructural: “A  nivel mundial existe una degradación de suelos de un 30 % y a nivel de Colombia una degradación del 40 %  de los suelos amenaza la sostenibilidad alimentaria”. Frente a este escenario, Olivera enfatiza que las  directrices globales apuntan a un objetivo claro: “establecer un nexo entre la producción de alimentos

saludables con la protección de los suelos y la protección de suelos saludables para la producción de  alimentos”. 

La cifra colombiana permite dimensionar el reto: cerca de cuatro de cada diez hectáreas del territorio nacional  presentan algún grado de degradación por erosión. En la vida cotidiana, esto significa que la capa donde se  concentran nutrientes, carbono y humedad se pierde poco a poco. Producir alimentos en esas condiciones  exige más esfuerzo, más inversión y mayor capacidad de adaptación.

Inseguridad alimentaria y hambre oculta: problemas que se atienden desde la raíz

Cuando una planta crece en un suelo pobre en nutrientes, su capacidad para absorber minerales esenciales  se reduce. Por eso, hablar de suelos es también una conversación sobre nutrición. La producción de alimentos  no debería medirse únicamente en toneladas cosechadas, sino en su capacidad para aportar hierro, zinc,  proteínas, vitaminas y otros nutrientes.

“Los suelos tienen una relación directa con la nutrición, dado que a través de estos viajan los nutrientes hacia  los alimentos que las personas consumen para lograr un buen estado de salud”, explica Santiago Mazo,  especialista en seguridad alimentaria y nutrición de la FAO en Colombia. Proteger los suelos, agrega,  contribuye a garantizar alimentos saludables y nutritivos, especialmente para niñas, niños, adolescentes y  mujeres gestantes.

Esta relación cobra mayor importancia en un país donde la inseguridad alimentaria sigue afectando a millones  de personas. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida del DANE, en 2025 uno de cada cinco hogares en  Colombia enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave (12 millones de personas). A esto se suma el  “hambre oculta”: deficiencias de micronutrientes que no siempre se perciben a simple vista, pero que afectan  la salud y el desarrollo. En Colombia, la Encuesta Nacional de Situación Nutricional reporta que el 24,7 % de  los niños y niñas menores de cinco años presenta anemia. En mujeres gestantes, análisis nacionales han  identificado una prevalencia promedio de anemia ferropénica del 11 %, con mayores afectaciones en  poblaciones vulnerables.

Una comida puede llenar el estómago y aun así no cubrir todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Si el  suelo tiene baja disponibilidad de minerales como zinc o hierro, si la dieta es poco diversa o si las familias no  logran acceder a alimentos frescos y variados, aumentan los riesgos para la salud. En niñas y niños, estas  carencias pueden afectar el sistema inmune, el crecimiento físico y el desarrollo cognitivo.

El zinc, por ejemplo, suele recibir menos atención que otros nutrientes, pero cumple una función clave en las  defensas del organismo. Cuando su disponibilidad en la dieta es insuficiente, niñas y niños pueden volverse  más vulnerables a infecciones diarreicas o respiratorias. Por eso, cuidar la salud del suelo también ayuda a  cuidar la calidad de los alimentos que sostienen la salud de las familias.

Suelos degradados, más riesgos para la inocuidad de los alimentos

La inocuidad de los alimentos agrega otra pieza clave. Cada año, una de cada diez personas en el mundo  enferma por consumir alimentos o agua contaminados, causando alrededor de 420.000 muertes anuales (125.000 corresponden a menores de cinco años).

En Colombia, la vigilancia epidemiológica muestra que estos riesgos también están presentes. En 2024 se  notificaron 765 brotes de enfermedades transmitidas por alimentos. En 2025, hasta el periodo  epidemiológico XII, se registraron 608 brotes, con 6.899 casos clínicos y 29.558 personas expuestas. 

Estos datos recuerdan que la inocuidad alimentaria va más allá de lavar o cocinar bien los alimentos. La  prevención depende de lo que ocurre antes: en la calidad del agua de riego, la salud de los animales, la  presencia de contaminantes en el suelo y las condiciones ambientales en las que se producen, transportan y  almacenan.

La contaminación también puede afectar la capacidad del suelo para actuar como filtro natural. En suelos  degradados o contaminados, sustancias como el plomo o el cadmio pueden quedar más disponibles para las  plantas, los animales o las fuentes de agua. Estos metales pesados pueden entrar silenciosamente en la  cadena alimentaria y representar riesgos para la salud.

En suelos degradados o contaminados, el daño se agrava porque pierden su capacidad de actuar como filtro  natural. Esto permite que metales pesados, como el plomo o el cadmio, queden disponibles para las plantas  y entren silenciosamente a la cadena alimentaria, amenazando la salud humana. El cambio climático exacerba  estos peligros: el calor prolifera los microorganismos, las lluvias extremas arrastran contaminantes y las  sequías concentran toxinas. 

Para frenar esto, se requieren cambios urgentes. “Hay que evitar abusar de los fertilizantes de síntesis química,  hay que hacer un manejo más sostenible, implementar prácticas que nos ayuden a contribuir no solo a  aumentar la productividad en nuestros cultivos, sino a aportar alimentos saludables y nutritivos”, puntualiza  Mazo.

Curar la tierra desde adentro: la apuesta por la nutrición

Para hacer frente a este desafío estructural, la FAO, la Alianza Mundial por los Suelos, el Ministerio Federal de  Alimentación y Agricultura de Alemania, el Ministerio de Agricultura de Colombia y AGROSAVIA pusieron en  marcha el proyecto Suelos para la Nutrición

Esta iniciativa de cooperación internacional llega a Colombia como uno de los países piloto a nivel global,  junto a México y Burkina Faso. Su propósito es fortalecer capacidades técnicas y comunitarias para mejorar  la salud de los suelos y su relación con la producción de alimentos nutritivos, sostenibles e inocuos.

El esfuerzo se concentra estratégicamente en la región de la Orinoquía, con foco en los departamentos de  Meta y Casanare, una despensa importante que en 2025 produjo más de 5,1 millones de toneladas de  alimentos y registró un crecimiento agrícola del 11,5 %. El proyecto promueve allí, y en el resto del país,  prácticas como la rotación de cultivos, el uso de coberturas vegetales, la protección de fuentes hídricas y el  uso responsable de fertilizantes. 

Campesinos que enseñan a campesinos: así funcionan los «Doctores de los Suelos»

El corazón del proyecto es el Programa Global de Doctores de los Suelos. Este esquema de extensión funciona  como una cadena de saberes: profesionales capacitan a lideresas y líderes campesinos, quienes luego replican  el conocimiento y las innovaciones con productores de sus propias comunidades.

En Colombia, el programa proyecta la formación de 20 profesionales, 60 agricultores líderes certificados como  «Doctores de los Suelos» y 350 productores locales. A ellos se les entregan herramientas tecnológicas como  kits de evaluación física y química, y microscopios que se adaptan a las cámaras de los teléfonos celulares  para que puedan observar directamente la vida microscópica en sus fincas.

La iniciativa incorpora además un fuerte enfoque de equidad, garantizando la participación mínima del 40 %  de mujeres y un 30 % de jóvenes rurales. “Queremos involucrar activamente a la juventud brindándoles  tecnología e innovación, elementos indispensables para asegurar que las nuevas generaciones vean que la  agricultura sostenible es un proyecto de vida altamente rentable y digno”, afirma Olivera. 

El papel de quienes vivimos en la ciudad

Es fácil pensar que la recuperación de los suelos solo le compete a los agricultores, pero la alimentación es  una cadena que nos une a todos. Comprar alimentos de temporada, apoyar mercados campesinos, reducir el  desperdicio, separar residuos orgánicos, consumir dietas más diversas y manipular adecuadamente los  alimentos en casa son acciones que conectan la vida cotidiana con la salud del suelo y la salud humana.

Diversificar la dieta diaria —incluir frutas, verduras, legumbres, tubérculos y cereales distintos durante la  semana— también envía una señal al sistema productivo. A mayor diversidad en la demanda, mayores  incentivos para sistemas agrícolas con rotaciones, asociaciones de cultivos y menor dependencia de  monocultivos. Esa variedad es una aliada de los suelos, porque ayuda a romper ciclos de plagas y favorece el  retorno de distintos nutrientes.

Apoyar los circuitos cortos, comprar en mercados locales o directamente a familias productoras fortalece  economías rurales que protegen la biodiversidad y reducen distancias de transporte. En casa, separar cáscaras  de frutas y verduras para hacer abono o compost permite devolverle a la tierra parte de la vida que nos  entregó en forma de alimento.

Reducir el desperdicio también es una acción climática y de respeto por el suelo. Desechar comida implica  botar el agua usada para producirla, la energía de transportarla, el trabajo campesino y los nutrientes que el  suelo entregó para hacerla posible.

El Día Mundial del Medio Ambiente y el Día Mundial de la Inocuidad de los Alimentos recuerdan que las crisis  climática, ambiental, alimentaria y de salud están conectadas. La acción climática y la inocuidad alimentaria  comienzan bajo nuestros pies.

En un país como Colombia, proteger la capa fértil que sostiene la vida debe convertirse en una prioridad  ambiental, productiva y nutricional. La ruta hacia una alimentación más saludable y segura empieza en el  lugar más básico y poderoso del sistema alimentario: el suelo.

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