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Anna Wintour deja su cargo como editora en jefe de Vogue US. ¿El fin de una era?

Por Camila Castro

Después de casi cuatro décadas al mando de la revista de moda más influyente del planeta, algo empieza a moverse en el trono de Anna Wintour. No se trata de una renuncia, pero sí de una transformación que reconfigura la estructura de poder en American Vogue. El día de ayer se anunció la apertura de un nuevo cargo: head of editorial content, una figura que se hará cargo de las operaciones diarias de la edición estadounidense. Este movimiento replica la estructura que la casa editorial ya implementó en otras ediciones internacionales: centralización con mando global, ejecución local. Wintour mantendrá su rol como directora editorial global de Vogue y directora de contenido de Condé Nast, pero por primera vez desde 1988, su nombre ya no ocupará en solitario la cima del organigrama editorial de la edición americana.

El gesto parece pequeño, pero es inmenso. Marca un punto de inflexión en la historia de una de las figuras más influyentes de la moda contemporánea. Desde su llegada a Vogue en 1988, Anna Wintour se convirtió en mucho más que una editora: fue arquitecta de una nueva era editorial. Su visión no sólo redefinió la estética de las portadas, sino que estableció los vínculos entre la moda, la cultura pop, el arte y el poder. Impulsó carreras como las de John Galliano, Alexander McQueen o Marc Jacobs cuando aún eran promesas; apostó por celebridades como protagonistas de portada en tiempos en que las modelos reinaban; e impuso un rigor estético y narrativo que convirtió cada edición en un manifiesto. Bajo su liderazgo, Vogue dejó de ser simplemente una revista de moda para convertirse en una plataforma de influencia política, cultural y económica. Wintour no solo editaba tendencias: las creaba.

Bajo su ojo, diseñadores emergieron, fotógrafos se consolidaron y Vogue se volvió, más que una revista, un símbolo. Uno que, sin embargo, en los últimos años ha tenido que aprender a flotar en aguas cada vez más agitadas: la crisis del papel, la fragmentación de audiencias, el desplazamiento de los presupuestos publicitarios hacia las plataformas digitales, y una conversación cultural que exige más inclusión y responsabilidad social.

Y aunque su salida de las operaciones cotidianas no significa un retiro, sí es el indicio más claro de que el futuro post-Wintour está, por fin, en marcha.

Este tipo de transiciones no son nuevas en la historia de la moda ni de sus medios. En los años sesenta, Vogue Paris ya había experimentado la reinvención de su liderazgo editorial con figuras como Diana Vreeland. Cada época de esplendor ha sido seguida, inevitablemente, por una etapa de reacomodo. Lo que estamos viendo hoy es el inicio de esa transición. Y, como en toda sucesión, hay tanto temor como expectativa.

El reto que enfrentará quien asuma el cargo no es menor. Tendrá que mantener la relevancia de una revista que ya no dicta tendencias como antes, pero que aún representa un poder simbólico enorme. En un ecosistema mediático donde los likes se confunden con legitimidad, sostener la voz de Vogue será un acto de alquimia editorial. ¿Será alguien desde dentro? ¿Un outsider con visión fresca? ¿Una figura icónica que se convierta en rostro, cerebro y espíritu? Todo está por verse.

Por ahora, lo que queda es leer entre líneas. Anna sigue, sí, pero esta decisión no es solo una estrategia de tiempo o gestión: es una declaración. Es Condé Nast reconociendo que los imperios no pueden depender de una sola voz, incluso si esa voz lleva gafas oscuras, flequillo inamovible y una línea directa con los dioses de la moda.

Empieza una nueva era en Vogue US. Y como en toda gran historia de estilo, lo importante no es solo quién se va… sino quién y cómo llega.

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