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Chanel

Chanel volvió (aunque nunca se fue)

Por: Camila Castro

Hubo un tiempo en que Chanel no era solo una marca: era  un manifiesto, una revolución. Bajo Gabrielle Chanel, la maison se convirtió en un sinónimo de libertad y estilo, una oda a la mujer que se quitó el corsé y se puso el poder. Luego llegó Karl Lagerfeld, el arquitecto del exceso elegante, el hombre que convirtió cada desfile en un acontecimiento casi litúrgico. Chanel, bajo Karl, no solo vendía ropa, sino un universo.

Pero después de Karl, vino el silencio. Un silencio incómodo, lleno de intentos, homenajes y colecciones que parecían cosidas con hilos que no terminaban de encajar. Chanel, de repente, parecía estar hablando en un idioma que ya no le pertenecía del todo. Seguía siendo Chanel, sí, pero su eco sonaba un poco hueco, como si el alma de la maison se hubiese quedado en el atelier, entre bocetos polvorientos.

Y ahí entra Matthieu Blazy. Lo curioso es que no llegó a Chanel con el ruido de un mesías, sino con el silencio de alguien que entiende que para rescatar algo no hay que reinventarlo, sino recordarlo. Su nueva colección no gritó “Aquí estoy”, más bien susurró “¿Lo recuerdas?”. Y claro que lo recordamos.

Porque lo que Blazy hizo fue tomar el hilo original, el que Gabrielle hiló entre la funcionalidad y la elegancia, y volver a tejerlo con una sensibilidad contemporánea. Los códigos estaban ahí, pero recodificados: las chaquetas, ahora más estructuradas pero menos rígidas; las faldas, con una caída que parecía flotar entre lo clásico y lo nuevo; los colores, suaves pero con la intención de quien no tiene nada que demostrar. De pronto, Chanel volvió a sentirse libre, femenina sin ser complaciente.

Y lo más fascinante fue ese aire de nostalgia sin caer en el archivo. Matthieu Blazy no citó a Chanel, la revivió. No le rindió tributo, la reconectó consigo misma. En tiempos donde muchas casas viven de mirar atrás, él tuvo la osadía de mirar adentro. Lo que vimos en pasarela fue más que una colección, fue un espejo de la esencia perdida de lo que debe ser Chanel.

Claro, no todos quedaron encantados. Chanel siempre divide, siempre provoca. Pero, admitámoslo, ¿cuántas colecciones recientes nos han hecho hablar tanto? Blazy logró lo que pocos: hacer que todos opinemos, que todos pensemos, que todos sintamos algo. Si Chanel durante unos años parecía flotar entre la inercia y el homenaje, ahora volvió a ocupar su lugar natural: el centro de la conversación.

Y ahí está la costura invisible de esta historia. Chanel nunca se fue, solo se desenfocó. Pero hacía falta alguien que la mirara con los ojos correctos, con la distancia justa entre el respeto y la irreverencia. Blazy encontró ese punto exacto, ese milímetro en el que el legado no pesa, sino impulsa.

Al final, el remate fue simple y poderoso: Chanel volvió. No como un regreso triunfal con fuegos artificiales, sino como una respiración profunda después de años conteniendo el aire. Volvió a ser la casa que nos hace soñar, que nos recuerda que la elegancia puede ser un acto de rebeldía. Y aunque el debate siga abierto, porque con Chanel siempre lo está, una cosa es segura: puede que no todos amen esta nueva era, pero nadie puede dejar de pensar en ella.

En moda, eso se llama supremacía.

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