Por: Camila Castro
Hay diseñadores que visten cuerpos, y luego está Bob Mackie, que viste momentos. En un mundo donde la moda busca constantemente “viralizarse”, Mackie ya lo había hecho antes de que existiera internet. Era el rey del brillo, el escultor del exceso, el hombre que entendió que una prenda no solo debía verse, sino sentirse… incluso desde la última fila.
Hoy, décadas después, su nombre vuelve a aparecer en titulares y alfombras rojas. Miley Cyrus, Zendaya, Anya Taylor-Joy y Sabrina Carpenter han desempolvado piezas del archivo de Mackie como si fueran reliquias de una era en la que el showmanship era un arte, no una estrategia de marketing. Cada una, con su propio estilo, ha reinterpretado la teatralidad de Mackie y recordado al mundo que hay poder en el exceso, elegancia en la provocación y eternidad en una silueta que desafía al tiempo.
Esta historia comienza mucho antes de que existiera el concepto de “archival fashion”. Bob Mackie empezó como ilustrador en los años 60, dibujando sueños con lentejuelas. Su trabajo con Edith Head y Jean Louis lo llevó a entender el vestuario como narrativa: cada piedra, cada pluma, cada transparencia contaba una historia. Pero fue su encuentro con Cher lo que lo elevó de diseñador a leyenda. Juntos redefinieron lo que significaba “icono”.
Cher no solo usaba Mackie, lo interpretaba. Sus trajes no eran simples atuendos: eran declaraciones, performances visuales. Cuando apareció en los Oscars de 1986 con aquel tocado imposible y una falda que desafiaba la gravedad, el mundo entendió que Mackie no diseñaba para el aplauso, sino para el recuerdo. Y ese es el verdadero lujo: permanecer en la memoria colectiva.
Mackie tejió una identidad visual que definió generaciones. Sus piezas eran pura fantasía, sí, pero también pura intención. En una época donde la moda femenina aún caminaba entre los márgenes de la corrección y la contención, Mackie celebró el cuerpo, la sensualidad y el dramatismo sin pedir disculpas. Le dio a las mujeres el permiso de brillar sin complejos.
Y ese espíritu es exactamente lo que resuena hoy. En tiempos donde la moda busca autenticidad y el público anhela espectáculo, las nuevas generaciones han encontrado en Mackie el equilibrio perfecto entre ambos mundos. Cuando Zendaya aparece en un Mackie vintage en una alfombra roja o Miley Cyrus lo elige para crear un vestido nuevo para un performance en los Grammys, no están apelando a la nostalgia: están recordando que la moda también puede ser entretenimiento, que el vestuario puede contar una historia más ruidosa que las palabras.
Bob Mackie nunca fue minimalista, y ahí radica su magia. En un universo dominado por la sutileza, él fue el relámpago. Entendió que el brillo no era vulgaridad o provocación, sino presencia y poder. Y sobre todo, que el espectáculo no estaba reñido con la elegancia.
En plena era digital, el legado de Bob Mackie brilla más que nunca. No solo porque sus diseños vuelven a caminar las alfombras, sino porque su visión sigue inspirando a quienes entienden que la moda no es solo para vestir, sino para contar quién eres.
Y aunque muchos diseñadores han intentado capturar ese mismo espíritu, pocos lo han logrado. Porque el impacto de Bob Mackie no está en las lentejuelas, sino en la osadía. En el brillo que no se apaga cuando bajan las luces.


