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La pasarela se convierte en espectáculo en Vogue World

Ya no basta con un desfile. Vogue World nació como la respuesta más ambiciosa (y mediática) al reto de mantener la moda en el centro de la conversación cultural.

Lo que comenzó como un experimento en 2022 en Nueva York se ha convertido en un evento global que mezcla pasarela, concierto y espectáculo en vivo. Una sola noche en la que la moda abandona los museos y los salones privados para instalarse en el corazón de la cultura popular. Pero Vogue World no es solo un desfile ampliado. Es un intento por reinventar el formato tradicional de la moda y convertirlo en un acontecimiento cultural que pueda competir con la música, el cine o los premios televisivos.

Cada edición tiene su propio lenguaje, determinado por la ciudad anfitriona. Nueva York celebró la energía urbana del Meatpacking District; Londres se transformó en una oda al teatro británico y sus escenarios legendarios; y en 2025, Los Ángeles se convirtió en un homenaje a Hollywood y su historia cinematográfica. En 2026, el turno será de Milán, donde se espera que la moda y la ópera encuentren su punto de encuentro.

El secreto detrás del éxito de Vogue World no es solo el desfile en sí, sino la experiencia. Anna Wintour, directora global de Vogue y mente maestra detrás del proyecto, entendió que el lujo ya no puede permanecer distante. Si el Met Gala es la cena exclusiva, Vogue World es la fiesta abierta: más performativa, más democrática, más cinematográfica. Wintour convirtió la idea del desfile en una narrativa en tiempo real, una celebración de lo que significa la moda como industria cultural y motor económico.

Y ahí entra Baz Luhrmann. El director australiano, conocido por su gusto por el exceso visual en películas como Moulin Rouge! o The Great Gatsby, ha sido clave en la estética y el tono del evento. Su participación en la edición de Hollywood no fue casualidad. Luhrmann aportó un lenguaje cinematográfico que transformó la pasarela en un guion visual. Cada cambio de look parecía una escena. Cada transición, un corte de montaje. Su presencia confirmó lo que Vogue World intenta ser: un híbrido entre moda, espectáculo y relato audiovisual.

El formato también funciona porque entiende la necesidad de la moda de conectar con otros mundos. La música, el cine, el arte, el deporte, la política. En Vogue World, los modelos desfilan junto a actores, bailarines y músicos, lo que rompe la jerarquía tradicional del mundo fashion. No se trata solo de presentar prendas, sino de contar una historia colectiva sobre lo que inspira a una época.

Además, el componente filantrópico le da un propósito tangible. En Londres, los fondos se destinaron al apoyo de las artes escénicas. En Hollywood, a la comunidad del entretenimiento, en particular a técnicos, vestuaristas y artistas independientes. No es un detalle menor: en un contexto donde la moda es criticada por su desconexión social, Vogue World ofrece una forma de reinsertarla en la conversación cultural con un impacto real.

Más allá del glamour, lo que vuelve interesante a Vogue World es lo que revela sobre el presente. En una era donde las semanas de la moda parecen perder sentido frente al algoritmo, este formato introduce una idea distinta: la pasarela como evento narrativo y colectivo. Anna Wintour entendió que la moda necesita de la emoción del directo y del magnetismo del espectáculo para seguir siendo relevante.

El éxito de Vogue World no se mide solo en sus cifras de audiencia o en las celebridades presentes, sino en su capacidad de redefinir cómo se percibe la moda desde fuera de su propio círculo. Ya no es únicamente un asunto de diseñadores y críticos, sino un fenómeno cultural que busca un lenguaje compartido entre la industria y el público. Y que detrás de su producción monumental, de los nombres, del brillo y de la música, persiste la misma intención que mueve a la revista desde sus inicios: capturar el espíritu del momento.

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