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Manuela Álvarez y la validación internacional del lujo hecho en Colombia

Por: Camila Castro

¿Qué significa realmente que una diseñadora colombiana esté entre los semifinalistas del LVMH Prize 2026? Es una señal de que el sistema internacional de la moda está mirando hacia un lugar que durante años fue periférico en el discurso del lujo: América Latina, y más específicamente, Colombia.

MAZ Manuela Álvarez ha sido seleccionada entre los 20 semifinalistas del premio, convirtiéndose además en el único proyecto latinoamericano dentro de esta edición. En un ecosistema donde la conversación suele concentrarse entre París, Milán, Londres y Nueva York, ese dato impacta. Y más cuando entendemos lo que implica entrar en la órbita de un reconocimiento creado por LVMH en 2013, diseñado no solo para premiar talento, sino para detectar a quienes podrían redefinir el futuro del lujo.

El LVMH Prize no es un concurso cualquiera. Los diseñadores deben ser menores de 40 años, haber presentado al menos dos colecciones y demostrar no solo una identidad creativa sólida, sino también un modelo de negocio viable y escalable. Se evalúa innovación, sostenibilidad, coherencia conceptual y capacidad de crecimiento. No basta con una buena colección; se exige visión empresarial. Por eso, haber pasado a semifinales sitúa a MAZ en una conversación que va mucho más allá de la narrativa emergente.

Colombia no es ajena a este radar, aunque su presencia ha sido esporádica. En 2019, Kika Vargas alcanzó la semifinal del mismo premio, marcando un antecedente relevante. Diseñadoras como Johanna Ortiz han consolidado una presencia internacional sólida, y nombres como Silvia Tcherassi abrieron camino décadas atrás. Sin embargo, cada participación en plataformas de esta magnitud va construyendo una narrativa colectiva de madurez creativa en Colombia.

Lo que distingue a MAZ dentro de ese relato es su estructura. Fundada en Bogotá en 2013 por Manuela Álvarez, la marca se definió desde el inicio como laboratorio textil. Durante más de una década, MAZ ha desarrollado un modelo que integra investigación material, colaboración con comunidades artesanales y módulos pedagógicos que funcionan como núcleo del proceso creativo.

Las comunidades artesanales con las que colabora no son proveedores invisibles; son artistas y maestros reconocidos como parte integral del proceso. La artesanía es un recurso narrativo conveniente para el mercado internacional.

Ese enfoque ha permitido que la marca trascienda el circuito local. Su participación en diálogos vinculados al ecosistema de las Naciones Unidas sobre sostenibilidad y cultura la posiciona como una voz latinoamericana en espacios donde el lujo se discute desde la responsabilidad global. La colaboración Adidas × MAZ, por su parte, abrió una conversación inédita entre industria deportiva global y artesanía latinoamericana de alto valor conceptual, demostrando que tradición y escala internacional no son categorías opuestas.

Hablar de “Nuevo Lujo Latinoamericano Sostenible”, como propone Álvarez, puede sonar ambicioso. Pero en el caso de MAZ, esa ambición está respaldada por una práctica consistente. Durante 13 años, la marca ha construido una metodología de educación y experimentación. Los laboratorios creativos textiles y los módulos formativos no operan como proyectos paralelos, sino como el eje que sostiene cada colección.

El LVMH Prize está reconociendo una forma de hacer moda que no depende exclusivamente de la tendencia, sino del proceso.

Del 4 al 8 de marzo de 2026 se abrirá la fase de votación pública, un momento decisivo en el proceso. Sin embargo, más allá del resultado final, la presencia de MAZ en esta edición ya redefine el alcance simbólico de la moda colombiana. La sitúa en un escenario donde la conversación gira en torno a la innovación.

Durante años, la moda latinoamericana fue leída desde el tropical-chic o la manufactura. Hoy, proyectos como MAZ obligan a replantear esa mirada. No se trata de insertarse en el sistema global imitando sus códigos, sino de dialogar con él desde una metodología propia.

La pregunta ya no es si Colombia puede producir moda de nivel internacional. Esa discusión está superada. La pregunta es si el sistema está preparado para entender que el lujo también puede construirse desde la investigación textil en Bogotá, desde pedagogías independientes y desde estructuras empresariales éticas que priorizan el conocimiento tanto como la imagen.

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