Por Eduardo Navarro
Ser padre no es una meta que me tracé, ni un título que me colgué. Ser padre fue un regalo que la vida me dio el día que nació mi hijo. Ese día no solo nació él, también nací yo, nació una versión diferente de mí, más consciente, más sensible, más comprometida. Ese pequeño ser me enseñó desde el primer llanto que había una nueva razón para levantarme cada mañana, para ser mejor, para construir algo más grande que yo mismo.
En este Día del Padre no quiero regalos, porque ya los tengo, cada sonrisa de mi hijo, cada mirada curiosa, cada abrazo inesperado, son tesoros que no caben en ninguna caja de regalo. Este día, quiero homenajearme, pero no desde el ego, sino desde el profundo agradecimiento a Dios y a la vida por haber recibido el privilegio de ser papá.
Es cierto que ser padre implica sacrificios, desvelos, miedos, muchos miedos. Pero también es cierto que ningún logro profesional, ningún reconocimiento externo, se compara con escuchar a mi hijo decir “papá” con esa mezcla de amor y confianza. Me esfuerzo cada día no solo en darle lo que necesita, sino en ser su ejemplo, en mostrarle con hechos lo que significan palabras como respeto, justicia, empatía y esfuerzo.
Y no es tarea fácil; dudo, me equivoco, a veces me siento insuficiente, pero cada error se convierte en una lección, cada momento difícil me recuerda que estoy aprendiendo, que ser padre es un camino, no un destino. En medio de los altibajos, siempre vuelve esa certeza que me reconforta: mi hijo me ama tal como soy, con aciertos y defectos, y eso me da fuerza para seguir creciendo.
No solo me preocupo por su bienestar, también me duele el mundo que le estoy dejando y la situación del país en que vivo. Por eso trato de ser más consciente, más humano, más responsable, porque no quiero que mi legado sea solo para él, sino para todos los que compartirán su camino. Ser padre me ha vuelto más ciudadano, más solidario, más involucrado en hacer de este país y de este mundo, un lugar más digno.
Sueño con que mi hijo crezca en un entorno más justo, más seguro, más amable, y no me conformo con soñarlo. Pongo manos a la obra, desde mi rol, por pequeño que parezca, para ser parte del cambio, quiero que cuando él me vea, sepa que luché no solo por él, sino también por los demás, que entienda que ser hombre también es cuidar, proteger, acompañar y amar sin condiciones.
Mi hijo me da fuerza en los días difíciles, me regala esperanza cuando el mundo me pesa, es mi motor y mi espejo porque cuando lo miro, no veo solo a un niño: veo la oportunidad que tengo de influir para bien en una vida y eso no es poco.
Gracias, hijo mío por darme el privilegio de ser tu padre, por regalarme la felicidad de verte crecer, descubrir, caer y levantarte, por darme el impulso para ser mejor cada día. Este Día del Padre, el homenaje es para ti, por haberme hecho papá.