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Olivier Rousteing y el fin de una era dorada en Balmain

Por: Camila Castro

Catorce años después de haber tomado las riendas de Balmain, Olivier Rousteing se despide de la maison que lo vio crecer, arriesgar y, sobre todo, transformar la noción misma del glamour contemporáneo. Su salida marca el cierre de uno de los capítulos más influyentes en la moda reciente, no solo por su visión creativa, sino por el peso simbólico de su historia: un joven de 25 años, birracial, adoptado y criado en Burdeos, que se convirtió en el primer diseñador negro al frente de una de las casas más icónicas de París.

Cuando Rousteing llegó a Balmain en 2011, el escepticismo era evidente. La industria no estaba acostumbrada a ver rostros jóvenes y diversos liderando marcas con un legado tan pesado. Pero él entendía algo que muchos no: que la moda, para sobrevivir, debía ser aspiracional y accesible a la vez. Y así, entre bordados barrocos, hombreras y minivestidos, Olivier Rousteing redefinió el ADN de Balmain.

Desde sus primeras colecciones quedó claro que su mirada no era la del heredero tímido de Pierre Balmain, sino la del narrador de una nueva generación. Tomó la sensualidad de los años ochenta y la llevó al terreno del empoderamiento visual. Su Balmain Army, una tropa de mujeres poderosas liderada por Beyoncé, Rihanna, Kim Kardashian o Gigi Hadid, se convirtió en una declaración estética.

A lo largo de su trayectoria, Rousteing construyó un universo propio. Entre sus creaciones más recordadas están los vestidos metálicos y minuciosamente bordados de la colección otoño invierno 2012, su homenaje a la arquitectura barroca francesa, o los icónicos corsés de perlas y cadenas doradas que redefinieron el concepto de armadura de alta costura. En 2018 firmó una de las colaboraciones más exitosas de la década con H&M, logrando algo impensable: que una casa histórica de París llegara a las calles del mundo entero sin perder su aura de exclusividad.

Durante sus 14 años convirtió a Balmain en sinónimo de espectáculo. Sus desfiles eran conciertos, sus campañas eran manifiestos de diversidad y su estética un reflejo del poder visual de la cultura pop. Supo entender que el lujo no debía cerrarse en el elitismo, sino expandirse a las masas sin diluir su esencia. En ese sentido, fue uno de los primeros diseñadores en fusionar el lenguaje de las redes sociales con el de la alta costura. Balmain fue pionera en crear comunidad digital y en convertir a su audiencia en parte del relato.

Pero más allá de los diseños, Olivier fue un símbolo. Su presencia en la dirección de una de las maisons más tradicionales representó una ruptura en el tejido cultural de la moda francesa. En una industria donde la diversidad ha sido más discurso que práctica, él fue prueba tangible de que el talento no tiene color ni linaje, logró reescribir las normas desde dentro.

Su legado se siente no solo en las prendas, sino en la percepción colectiva de lo que significa pertenecer al mundo del lujo. Rousteing convirtió a Balmain en una casa reconocible a primera vista: una estética de poder y energía eléctrica. Una estética que no necesitaba logo para ser identificada.

Ahora, con su salida, queda la pregunta inevitable: ¿qué será de Balmain sin él? Quizás el futuro de la marca busque nuevas narrativas, pero la impronta de Rousteing permanecerá. Porque lo que él construyó va más allá del diseño; es una cultura, una identidad, deja Balmain con la cabeza en alto, habiendo logrado lo que pocos: hacer de una casa histórica una marca viva, contemporánea y relevante. Su nombre seguirá siendo sinónimo de audacia, lujo y modernidad.

De un legado que demuestra que la moda no solo se trata de crear belleza, sino de cambiar las reglas del juego.

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