Por: Camila Castro
Hay noticias que llegan como un suspiro de alivio o como una plegaria escuchada. Así se sintió, al menos en ciertos rincones de la industria, el anuncio de que Pierpaolo Piccioli asumirá la dirección creativa de Balenciaga. No solo por el talento indiscutible del diseñador italiano, sino porque tras años de provocación vacía, escándalos desafortunados y colecciones que se alejaron cada vez más del espíritu original de la casa, Balenciaga parece finalmente estar encontrando su camino de regreso a casa.
Porque sí, es cierto: bajo la dirección de Demna Gvasalia, la marca se reinventó. Se volvió viral, se volvió meme, se volvió tema de conversación constante. Logró lo que muchas marcas sueñan: relevancia. Pero en el proceso, algo esencial se perdió. Se desdibujó la esencia. Lo que alguna vez fue sinónimo de elegancia pura y de formas revolucionarias, se transformó en una máquina de controversias y objetos absurdos con precios astronómicos.
Y quizás olvidamos que Balenciaga fue, y debe ser, mucho más que unos zapatos rotos de 1.200 dólares o un bolso que parece una bolsa de basura. Esta es la casa fundada por Cristóbal Balenciaga, un diseñador que redefinió el vestir femenino en el siglo XX. El hombre que creó el tulip dress, el baby doll dress, y siluetas que liberaron a las mujeres del corsé sin que perdieran ni un gramo de elegancia. El mentor de Hubert de Givenchy. El diseñador al que Christian Dior llamó “el maestro de todos nosotros”.
Balenciaga no hacía ruido. Era forma, estructura, innovación y belleza silenciosa. Era el tipo de elegancia que no necesitaba gritar para ser escuchada.
Por eso, la llegada de Pierpaolo Piccioli puede leerse como una promesa: la de reconectar con esa grandeza original. Y no es una esperanza infundada. Si algo ha demostrado Piccioli en su trayectoria (especialmente en su impecable trabajo en Valentino) es que sabe escuchar el ADN de una casa de moda. No llega a imponer una visión ajena, sino a dialogar con la historia. A elevarla, a actualizarla sin profanarla.
Su enfoque siempre ha sido profundamente humano, emocional, incluso poético. Y eso es justamente lo que Balenciaga ha estado necesitando: una visión que no dependa del impacto inmediato, sino que apueste por la permanencia. Que no mida su éxito por los titulares escandalosos, sino por el susurro de admiración que provoca una prenda bien hecha, bien pensada, bien sentida.
Claro, la moda también es juego, irreverencia, exploración. Pero hay casas que cargan con una responsabilidad mayor. Balenciaga es una de ellas. No solo por su historia, sino por lo que representa en el imaginario colectivo de la alta costura. Y cuando una casa así se desvía demasiado, cuando se convierte en caricatura de sí misma, también se vuelve símbolo de una industria que pierde la brújula.
Tal vez por eso este anuncio fue recibido con tanto entusiasmo. Porque representa una oportunidad de corregir el rumbo. De volver a poner el diseño en el centro. De recordarnos que lo radical no siempre grita, y que lo nuevo también puede nacer del respeto por lo antiguo.
Pierpaolo no tiene una tarea fácil. Cargar con el legado de Cristóbal Balenciaga y al mismo tiempo responder a las expectativas de un mercado que ha sido entrenado a amar lo instantáneo es una danza compleja. Pero si hay alguien capaz de bailar esa contradicción con gracia, es él.
Y quizás, solo quizás, el nuevo Balenciaga que está por venir nos devuelva la fe en lo que la moda puede ser: arte, historia, emoción… y también, revolución.