Por: Camila Castro
El buen gusto es uno de esos conceptos que todos reconocen pero pocos pueden definir. Se usa para corregir, para elogiar y también para excluir, como si existiera una brújula universal que dictara lo que es apropiado, refinado o elegante. Sin embargo, cuando miramos más de cerca su origen y su historia, el buen gusto revela ser menos una verdad absoluta y más una construcción cultural cuidadosamente sostenida por quienes tienen el poder de definirlo.
Durante siglos, el gusto estuvo ligado a las élites. En la Europa del siglo dieciocho, filósofos como Kant y Burke discutían sobre la experiencia estética y la capacidad de distinguir la belleza con argumentos que, aunque pretendían ser universales, estaban profundamente marcados por las sensibilidades de su época. La noción de buen gusto nacía entonces anclada en la educación, la clase social y el acceso a ciertos objetos, desde obras de arte hasta vestimentas hechas a la medida. No era una cuestión de intuición sino de pertenencia.
La moda adoptó inmediatamente este concepto. La corte francesa se convirtió en el centro de una estética que luego se replicaba en toda Europa. Lo que María Antonieta llevaba, lo que dictaba Rose Bertin, su modista y una de las primeras figuras en influir estéticamente en un continente entero, se convertía en referencia. Allí comienza a tomar forma la idea de que el buen gusto se aprende mirando hacia arriba, hacia quienes parecen tener la autoridad visual para establecerlo.
Con el tiempo, esa autoridad se desplazó. El siglo veinte democratizó parcialmente el debate sobre el estilo y abrió el espacio para que nuevas voces intervinieran. Los diseñadores empezaron a moldear lo que el mundo consideraba elegante, y entre esos contrastes surgieron tensiones que revelan que el buen gusto nunca ha sido unánime. Pensemos en la serenidad minimalista de Madeleine Vionnet frente al dramatismo arquitectónico de Cristóbal Balenciaga. Vionnet buscó pureza de línea y armonía en el movimiento del cuerpo. Balenciaga posó la mirada en la estructura, la forma y un volumen casi escultórico que transformaba a la mujer en una figura imponente. Ambos eran considerados genios, pero sus visiones del buen gusto no podían haber sido más distintas. Si cada uno defendía lo que consideraba “bueno”, ¿dónde quedaba entonces la supuesta universalidad del concepto?
En esa tensión apareció una figura que cambió todo: el estilista. Más que vestir cuerpos, los estilistas comenzaron a orientar miradas. Fueron ellos quienes tradujeron la creatividad de los diseñadores en imágenes capaces de instalar ideas en la mente colectiva. A través de editoriales, alfombras rojas y campañas, moldean constantemente lo que entendemos como buen gusto. No lo dictan ellos solos, pero sí lo interpretan, y en esa interpretación abren o cierran puertas.
Los críticos cumplen un papel similar, aunque desde otro ángulo. Sus palabras funcionan como un mapa para navegar un territorio que siempre está cambiando. Cuando un crítico celebra la precisión estética de Phoebe Philo o la claridad conceptual de Jil Sander, no solo opina sobre una colección. Está ubicando ese estilo en un pedestal de referencia. Cuando otro cuestiona la teatralidad de ciertas casas, también influye en cómo se interpreta la abundancia visual. Sus juicios se vuelven herramientas para que el público distinga entre lo valioso y lo exagerado. No siempre aciertan, pero sí orientan.
Lo fascinante es que, pese a este entramado de influencias, seguimos hablando del buen gusto como si fuera una verdad estable. En realidad, es una idea que muta constantemente. Lo que ayer se consideraba impecable hoy puede parecer aburrido. Lo que fue criticado en un momento luego puede convertirse en culto. Pensemos en las primeras reacciones ante las propuestas radicales de Rei Kawakubo en los años ochenta, vistas como deconstruidas hasta el exceso, y cómo hoy se entienden como un lenguaje imprescindible para comprender la moda contemporánea. Debemos tener presente que del rechazo al reconocimiento hay un puente que solo se construye con tiempo.
El buen gusto no existe como un dogma. Existe como un diálogo. Es el resultado de múltiples fuerzas culturales, artísticas y sociales que negocian entre sí lo que vale la pena destacar. Por eso no debería ser un arma para juzgar, sino una invitación a pensar. Cuando decimos que alguien tiene buen gusto, lo que realmente estamos reconociendo es su capacidad para interpretar, combinar y narrar visualmente una identidad.
Tal vez el verdadero buen gusto consista en comprender que no es una meta fija, sino un proceso. Un espacio donde historia y modernidad conversan. Un territorio donde estilistas, críticos y diseñadores actúan como guías, pero donde cada persona tiene la libertad de encontrar su propio lenguaje estético. Y en una industria que cambia cada minuto, esa libertad es, al final, la expresión más auténtica de la individualidad.


