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Bad Bunny, cuando vestirse también es un acto de valentía

Por: Camila Castro

Hay artistas que se visten bien y hay otros que entienden la ropa como un lenguaje. Bad Bunny pertenece al segundo grupo. Su reconocimiento como el mejor vestido de 2025 no responde a una suma de looks acertados ni a una racha de estilismos virales. Responde a algo mucho más raro y poderoso. Benito usa la moda como un espacio de exploración emocional, política y estética. Se viste como quien escribe una canción sin pedir permiso.

Pensar en Bad Bunny es pensar en imágenes. En una falda plisada combinada con botas robustas. En uñas pintadas que dialogan con anillos oversized. En lentes de sol futuristas que no buscan ocultar, sino enfatizar. En corsés usados con la misma naturalidad con la que otros usan camisetas blancas. En siluetas que se mueven entre lo sutil y lo teatral sin preocuparse por encajar en categorías preexistentes.

Su relación con la moda nunca ha sido decorativa. Cada prenda parece elegida para incomodar un poco, para cuestionar la mirada ajena, para ampliar el margen de lo posible. Mientras muchos artistas masculinos siguen orbitando alrededor de un ideal rígido de virilidad, Bad Bunny decide jugar. Jugar con transparencias. Con colores tradicionalmente asociados a lo femenino. Con joyería que no pide contexto. Con piezas que históricamente fueron negadas al cuerpo masculino.

Hay algo profundamente liberador en ver a un artista que no se disculpa por vestirse como siente. Bad Bunny no explica sus looks. No los justifica. No los convierte en manifiestos explícitos. Simplemente los habita. Y en esa naturalidad radica su fuerza. Porque cuando alguien se mueve con tanta convicción, el debate se desplaza. Ya no es si debería usar falda, esmalte o encaje. Es por qué nos incomoda tanto verlo hacerlo.

Sus apariciones públicas se han convertido en pequeños momentos culturales. Trajes sastre reinterpretados con cortes suaves. Camisas abiertas que celebran el cuerpo sin imponerse. Accesorios que parecen heredados de otro universo visual. Hay una atención clara al detalle, al gesto, a la textura. Nada parece improvisado, pero tampoco rígido. Es una estética viva, cambiante, emocional.

En alfombras rojas, editoriales y escenarios, Bad Bunny ha demostrado que la moda puede ser tan expresiva como la música. Su vestuario no acompaña su arte. Es parte de él. Cuando aparece con una flor en el cabello o con una silueta que rompe con los códigos tradicionales del pop masculino, no está buscando provocar. Está siendo coherente con su sensibilidad artística. Y eso, en una industria que muchas veces premia la repetición, es revolucionario.

Lo que hace único su impacto en la moda no es solo lo que usa, sino lo que habilita. De pronto, miles de personas ven reflejada una posibilidad. La de vestirse sin miedo. La de no tener que elegir entre fuerza y delicadeza. La de entender el género como un espacio fluido y creativo, no como una jaula estética. Bad Bunny no dicta tendencias. Abre puertas.

Su estilo también dialoga con sus raíces. Hay referencias latinas, caribeñas, urbanas, pero siempre filtradas por una mirada contemporánea. No hay nostalgia literal, sino reinterpretación entre lo que somos y lo que todavía estamos aprendiendo a ser.

En un momento donde la moda busca desesperadamente autenticidad, Bad Bunny aparece como una figura que nunca tuvo que fabricarla. Su valentía estética no está en el exceso, sino en la honestidad. En atreverse a mostrarse sensible, vulnerable, contradictorio. En entender que vestirse también es narrarse.

Ser nombrado el mejor vestido del año no es el punto culminante de su historia con la moda. Es apenas una fotografía más dentro de un proceso mucho más amplio. Uno donde el arte, el cuerpo y la ropa se encuentran para decir algo importante. Que expresarse no debería dar miedo. Que la estética también considera libertad. Y que, a veces, la prenda más poderosa que alguien puede usar es la convicción de ser quien es.

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