Por: Camila Castro
Londres vuelve a encender sus luces y no como gesto automático dentro del calendario, sino como recordatorio de por qué esta ciudad sigue siendo uno de los territorios más fértiles para pensar la moda desde la libertad, la experimentación y la incomodidad creativa. Cada nueva temporada en Londres carga con el peso de su historia, pero también con la responsabilidad de no repetirse. Esa tensión es, precisamente, lo que mantiene viva a London Fashion Week.
Hablar del pasado de Londres en la moda es hablar de ruptura. De una ciudad que nunca compitió desde el lujo tradicional ni desde la perfección técnica parisina, sino desde la idea. Desde Vivienne Westwood hasta Alexander McQueen, desde John Galliano hasta Hussein Chalayan, Londres ha sido el lugar donde la moda se permite pensar antes de vender, incomodar antes de agradar y cuestionar antes de confirmar. Esa herencia sigue presente, aunque hoy se exprese de otras maneras.
La próxima temporada abre con Paul Costelloe el 19 de febrero, un nombre que representa continuidad, oficio y una visión clara de lo que significa construir una carrera sólida dentro de la moda británica. Su presencia al inicio del calendario no es casual. Funciona como ancla, como punto de partida desde el cual se despliega una nueva generación que entiende la moda desde códigos muy distintos, pero con la misma urgencia creativa.
Lo que sigue es un panorama diverso y deliberadamente heterogéneo. Agro Studio aporta una mirada que dialoga con el presente digital y la estética contemporánea sin perder sensibilidad artesanal. Sinead Gorey continúa explorando narrativas personales con una carga emocional evidente, mientras Luede y Kseniaschnaider juegan con la idea de deconstrucción y reinterpretación del vestir cotidiano. Maximilian Raynor y Mark Fast representan dos formas distintas de entender la feminidad y el cuerpo, desde lo escultural hasta lo fluido. Y la presencia de CSM MA reafirma algo fundamental. Londres sigue siendo una incubadora de talento, no solo una vitrina.
Lo interesante de esta temporada no es solo la lista de nombres, sino lo que representan colectivamente. London Fashion Week ya no intenta competir en escala ni en espectáculo con otras capitales. Su valor está en la concentración de ideas. En la capacidad de reunir diseñadores que trabajan desde contextos culturales, sociales y estéticos distintos, pero que comparten una misma libertad creativa. Aquí la moda no se presenta como producto terminado, sino como proceso.
En un momento en el que muchas semanas de la moda parecen responder más a expectativas comerciales que a visiones creativas, Londres se mantiene como un espacio de ensayo. Esto no significa ausencia de rigor ni falta de profesionalismo. Al contrario. Significa entender que la moda necesita espacios donde el error sea posible y donde el riesgo no sea penalizado. Esa es una de las razones por las que diseñadores emergentes siguen viendo en Londres una plataforma legítima para empezar.
La ciudad también ha aprendido a adaptarse. La conversación sobre sostenibilidad, inclusión y nuevas formas de producción no se aborda desde discursos grandilocuentes, sino desde propuestas concretas. Marcas pequeñas, producciones limitadas, procesos más conscientes y narrativas honestas forman parte del ADN actual de London Fashion Week. No como tendencia, sino como necesidad.
Mirar hacia esta nueva temporada es reconocer que Londres no vive de su pasado, pero tampoco lo olvida. Su historia pesa, pero no paraliza. Funciona como base para seguir avanzando. En un calendario global cada vez más saturado, London Fashion Week sigue siendo una parada obligatoria porque ofrece algo que no se puede replicar fácilmente. Autenticidad.
Lo que depara esta temporada no es una respuesta única ni una estética dominante. Es una conversación abierta. Y quizás ahí radica su mayor fortaleza. Londres no dicta cómo debe verse la moda. Propone preguntas. Y mientras siga siendo el lugar donde esas preguntas se hacen con honestidad, seguirá ocupando un lugar central en la industria.


