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Lee Alexander McQueen y la huella que no se diluye

Por: Camila Castro

Cada año, cuando se acerca la fecha que marcó uno de los silencios más dolorosos de la moda, el nombre de Lee Alexander McQueen vuelve a ocupar el centro de la conversación. No como homenaje ritual ni como ejercicio de nostalgia, sino porque su influencia sigue operando de forma activa en la industria. McQueen no pertenece al pasado. Su obra continúa dialogando con el presente, moldeando la manera en que entendemos la moda como discurso, como oficio y como gesto cultural.

Desde el inicio de su carrera, McQueen desdibujó los límites de lo que se esperaba de un diseñador. Formado en Savile Row, su dominio de la sastrería fue absoluto. Esa base técnica se convirtió en el esqueleto sobre el que construyó siluetas radicales. Chaquetas de hombros afilados, cinturas comprimidas, abrigos con estructuras casi arquitectónicas y vestidos que parecían tallados más que cosidos redefinieron la relación entre el cuerpo y la prenda. Cada pieza hablaba de control, protección y exposición al mismo tiempo.

En términos históricos, McQueen alteró la narrativa de la moda británica. Mientras otros miraban hacia el refinamiento clásico o la corrección estética, él se adentró en la violencia del pasado, la identidad nacional y la memoria colectiva. Colecciones como Highland Rape no solo sacudieron al público, sino que obligaron a la industria a confrontar su incomodidad frente a la moda como herramienta política. No era provocación gratuita. Era historia reinterpretada a través del cuerpo femenino.

Uno de los aportes más duraderos de McQueen fue su forma de entender el desfile. Transformó la pasarela en un espacio narrativo total. Prendas, música, escenografía y casting funcionaban como un sistema cohesivo. El vestido de conchas, los estampados digitales que anticiparon una nueva era tecnológica, los corsés metálicos, los zapatos armadillo que alteraban la postura del cuerpo y la silueta fueron hitos que cambiaron para siempre la gramática visual de la moda contemporánea.

Su paso por Alexander McQueen como casa consolidó un lenguaje reconocible. Romanticismo oscuro, referencias victorianas, obsesión por la muerte y la belleza, y una constante tensión entre lo humano y lo monstruoso. Ese lenguaje sigue siendo estudiado, citado y reinterpretado por diseñadores actuales. No como copia, sino como punto de partida para entender que la moda puede contener narrativa, emoción y pensamiento crítico sin perder rigor técnico.

La influencia de McQueen también se manifiesta en la forma en que hoy se concibe el patronaje experimental. Antes de él, pocas casas se atrevían a distorsionar el cuerpo de manera tan consciente. Después de McQueen, la moda entendió que el cuerpo no tenía que ser idealizado para ser bello. Podía ser vulnerable, extraño o incómodo. Esa idea resuena hoy en colecciones que priorizan la emoción sobre la complacencia.

Más allá de las prendas, McQueen dejó una marca profunda en la ética creativa. Defendió la autoría, la visión personal y la necesidad de decir algo propio en un sistema que tiende a homogeneizar. En una industria cada vez más acelerada, su legado funciona como recordatorio de que la creatividad necesita tiempo, profundidad y espacio para el error.

La cercanía de esta fecha no invita solo a recordar su ausencia, sino a medir el impacto real de su presencia. La moda cambió con McQueen y no volvió a ser la misma después. Su trabajo enseñó que una prenda puede ser archivo, manifiesto y emoción simultáneamente. Y mientras la industria siga buscando significado más allá del producto, el legado de Lee Alexander McQueen seguirá siendo una referencia inevitable, incómoda y absolutamente necesaria.

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