Por: Camila Castro
Pocas veces el vestuario de una película genera conversación antes incluso de que el público vea una sola escena. La nueva adaptación de Wuthering Heights, dirigida por Emerald Fennell, ha provocado exactamente eso. Desde las primeras imágenes filtradas del rodaje, el debate se encendió alrededor de lo que muchos llamaron inexactitudes históricas, excesos visuales y una aparente ruptura con la iconografía tradicional del relato. Sin embargo, reducir este vestuario a un error de época es perder de vista algo más interesante. Aquí la moda no busca ilustrar el pasado, sino reinterpretarlo.
La elección de Jacqueline Durran como diseñadora de vestuario deja claro que esta no sería una adaptación convencional. Su trayectoria habla por sí sola. Desde Atonement y Pride & Prejudice hasta Anna Karenina, Little Women, Spencer y Barbie, Durran ha demostrado una habilidad singular para usar la ropa como narrativa emocional, no como simple contexto histórico. En este proyecto, su trabajo vuelve a operar desde ese mismo lugar. El vestuario no intenta ser fiel a una fecha, sino a un estado mental.
Emerald Fennell concibe Wuthering Heights como una especie de fiebre romántica, una fantasía que mezcla referencias históricas con una estética deliberadamente anacrónica. El resultado es una versión visual que se aleja del imaginario victoriano sobrio y contenido que suele acompañar la obra de Emily Bronte. Esta Cathy no es una figura silenciosa perdida en los páramos. Es exuberante, intensa y visualmente desbordada. Rubia, vestida con corsés de inspiración centroeuropea, materiales brillantes y accesorios que evocan décadas posteriores, su imagen responde más a una energía emocional que a una cronología estricta.
Este enfoque no es nuevo en el cine, pero sí especialmente provocador en una historia tan cargada de expectativas visuales. Al incorporar colores saturados, texturas poco asociadas al período y siluetas que dialogan con distintas épocas, el vestuario se convierte en una herramienta para romper la lectura romántica tradicional del texto. Aquí el exceso no es decorativo. Es una forma de expresar deseo, rabia, poder y contradicción.
Los personajes secundarios siguen esa misma lógica. Heathcliff, interpretado por Jacob Elordi, se presenta con una masculinidad oscura y estilizada que no depende del rigor histórico, sino de una construcción visual contemporánea del tormento. Isabella Linton aparece casi etérea, con una estética que roza lo idealizado, mientras Nelly Dean y Edgar Linton se mueven entre rigidez y teatralidad. Cada elección de vestuario refuerza esa psicología.
La polémica alrededor de las supuestas inexactitudes revela una tensión constante en el cine de época, como pudimos hablar previamente en Entre Costuras con el vestuario de La Odisea. Hasta qué punto el vestuario debe ser fiel al pasado y cuándo puede permitirse reinterpretarlo. Fennell y Durran parecen tener una postura clara. La fidelidad absoluta no siempre genera verdad narrativa. A veces, una lectura libre permite conectar con emociones contemporáneas de forma más directa.
Este mismo principio ha funcionado antes en el trabajo de Durran. El famoso vestido verde de Atonement no era históricamente preciso, pero se convirtió en uno de los looks más recordados del cine porque capturaba una sensación. En Spencer, los códigos de Chanel se usaron para hablar de encierro y alienación. En Barbie, el vestuario fue lenguaje cultural. En Wuthering Heights, la ropa vuelve a ser un sistema de significado.
Lo que incomoda a algunos espectadores es precisamente lo que hace relevante a esta propuesta. El vestuario no tranquiliza, no confirma lo que creemos saber. Obliga a mirar la historia desde otro ángulo. Al hacerlo, plantea una pregunta clave para el cine y la moda actuales. La representación debe reproducir o puede reinterpretar.
En este caso, la respuesta parece clara. El vestuario de Wuthering Heights no busca reconstruir el pasado, sino dialogar con él. Es una traducción visual de emociones extremas, una lectura estilística que entiende que las historias sobreviven no por su exactitud, sino por su capacidad de transformarse. Y en esa transformación, la moda vuelve a demostrar su poder como lenguaje narrativo.


