Subir a la Comuna 13 es volver a caminar entre los ecos de una historia que nunca dejó de doler. Esta vez no vine como turista, vine como periodista, como alguien que decidió dejar la comodidad de las versiones oficiales para escuchar la voz viva del barrio, esa que no cabe en cifras, ni en informes, ni en discursos políticos. Alejandro, mi guía, y más que guía, testigo y narrador de lo que otros callan me esperaba en la estación de San Javier, con mirada firme y camiseta azul que decía en letras blancas: “Guía Turístico”.
Ya había estado antes en la Comuna 13, pero esta vez era diferente. No venía a tomar fotos de murales ni a comprar artesanías, venía a escuchar, a entender, a recoger las memorias que no caben en un tour de una hora ni en los folletos de la alcaldía. Nos saludamos entre las talanqueras del metro y, sin pensarlo mucho, decidimos subir al metrocable. La idea era comenzar el recorrido desde el aire, con algo de distancia para que Alejandro pudiera hablarme con calma, sin el bullicio de los turistas, sin interrupciones.
Una señora española se nos unió en la cabina, curiosa y sonriente. Alejandro no se detuvo, comenzó a contar como quien no le habla a turistas, sino a un país entero que aún no quiere mirar hacia sus propios rincones heridos.
“La Comuna 13 no es una banda, ni una pandilla, es San Javier. Aquí vivimos más de 160 mil personas, gente trabajadora, artistas, soñadores; por años nos vieron sólo como un punto rojo en el mapa, nos señalaron como el problema, cuando en realidad fuimos víctimas de los problemas de otros”.
La Comuna 13, ubicada en el occidente de Medellín, es un enclave estratégico. Desde sus laderas se domina el acceso al Valle de Aburrá. Por eso fue codiciada por todos los actores armados, guerrilla, paramilitares, narcos y Estado libraron una guerra sin cuartel entre calles estrechas y casas apiladas en las montañas. En los años 80 y 90, el barrio recibió una oleada de desplazados del conflicto armado, campesinos que huían de masacres, de fumigaciones, de promesas rotas. Llegaban con lo puesto, a levantar sus casas con lo que encontraran, plástico, madera, cartón, todo esto con sus manos construyeron barrios enteros, sin agua potable, sin energía, sin legalidad, pero con una fuerza de comunidad que resistía incluso a la precariedad.
“Primero llegó la guerrilla con ideas”, dijo Alejandro. “Hablaban de justicia, de revolución, pero después, cuando se consolidaron, llegó el fusil, el reclutamiento forzado, la justicia paralela, muchas veces te advertían una vez, dos, y a la tercera, desaparecías”.
En los 90, las milicias urbanas de las FARC y el ELN ganaron poder. Controlaban territorios, imponían normas; en respuesta, llegaron los paramilitares con la excusa de “limpiar” la zona. Las Autodefensas Unidas de Colombia se infiltraron con apoyo tácito y muchas veces abierto de la fuerza pública. La comuna quedó atrapada en una espiral de violencia: entre milicianos, paras, bandas delincuenciales y el Estado y en medio, los vecinos, la gente.
En silencio, bajamos del metrocable, caminamos entre calles que ahora lucen llenas de color, murales que gritan con pintura lo que el país calla con indiferencia. Alejandro me muestra uno: el rostro de un joven enorme sobre una pared naranja. “Él es uno de ellos, desaparecido en la Operación Orión, nunca volvió”.
Las palabras “Operación Orión” caen pesadas, como un disparo lejano que todavía retumba. Fue en octubre de 2002, el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, recién posesionado, decidió “recuperar” la comuna de manos de la insurgencia. La operación militar fue la más grande realizada en una zona urbana en la historia reciente del país. Más de 1.000 hombres del Ejército, Policía y DAS, apoyados por helicópteros artillados y vehículos blindados, irrumpieron en las laderas. Oficiales celebraban la supuesta victoria, pero lo que dejaron fue un barrio lleno de miedo, cuerpos y silencio.
“Decían que buscaban milicianos. Lo que hicieron fue llenar la comuna de fantasmas”, me dice Alejandro. Más de 80 personas desaparecidas —según informes de organizaciones sociales—, más de 300 detenidos arbitrariamente. Y una cifra más profunda: el miedo grabado en generaciones.
“A mi tío se lo llevaron”, continúa. “Nunca supimos si murió, si lo enterraron en La Escombrera. Todavía busca la memoria de mi abuela”. La Escombrera: un terreno donde, según testimonios, podrían estar enterrados los cuerpos de los desaparecidos de Orión. El Estado ha prometido excavar, algunas veces lo ha hecho pero aún no hay justicia.
Cada paso en este recorrido es un acto de memoria. En una terraza improvisada suena rap, un niño baila breakdance con una gorra que dice “resistencia”. Su mamá vende obleas y camisetas con mensajes de paz, en la esquina, un mural muestra a doña Luz con el puño levantado, rodeada de flores. “Ella es símbolo de lucha, madre de un desaparecido, nunca dejó de buscar”.
Pero no todo es dolor. Alejandro me habla también de los años de transformación. “Después de Orión, el barrio no volvió a ser el mismo. La guerrilla se fue, pero los paramilitares se quedaron, se dividieron en combos, el conflicto cambió de nombre, pero no se fue”.
En 2008 llegó el metrocable, en 2011, las escaleras eléctricas que suben por Las Independencias. Obras celebradas como parte de la “transformación social urbana” de Medellín. “Muchos lo ven como una atracción turística”, dice Alejandro, “pero para nosotros fue una señal: el Estado al fin nos veía. Aunque sea un poco”.
Los jóvenes comenzaron a tomar la palabra, a responder con arte, a usar el rap, el grafiti, la danza como formas de reconstrucción simbólica. Así nacieron colectivos como Casa Kolacho, Black and White, Chota 13, y muchos otros que hoy enseñan a los niños a escribir versos en vez de empuñar armas. “Donde antes nos mataban, hoy pintamos la vida”, me dice Alejandro. “Las balas se cambiaron por versos, los gritos por breakdance, el miedo por arte. Resistimos con cultura”.
Me quedo mirando a los jóvenes que ensayan un show frente a turistas, bailan con fuerza, con rabia y con alegría y entiendo que en la Comuna 13 no se canta por moda, se canta por memoria, no se pinta por turismo, se pinta por dignidad. Cada mural es una tumba sin cuerpo, una historia que se niega a morir.
Alejandro me despide en la cima de Las Independencias con una frase que se me queda clavada: “Aquí no olvidamos porque recordar también es sanar”.
Bajo en silencio pero no me siento sola, siento que cargo con cientos de voces que ahora sé que existen, que vivieron, que aún resisten, porque en la Comuna 13, sobrevivir no fue un acto de suerte, fue y sigue siendo un acto de resistencia.